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Última modificación: 23:00 19-01-2026
Cuando tenemos que explicar una tragedia a un niño o una niña, no existe una frase perfecta. Lo importante es cómo lo hacemos: con calma, con verdad y con un acompañamiento que se adapte a su edad. Su cerebro y su mundo emocional aún están en construcción, y por eso el impacto del trauma y del duelo puede vivirse de formas muy distintas según la etapa de desarrollo.
Un enfoque compasivo, honesto y sostenido en el tiempo, junto a una buena red de apoyo (familia, escuela y profesionales cuando haga falta), puede ayudar a los niños y a sus familias a atravesar este proceso tan difícil.
No esperes a que pregunte. Si notas que el tema está presente (por comentarios, juegos, silencios o preocupaciones), abre la puerta con una frase sencilla: *“He pensado que quizá has oído algo… ¿quieres que lo hablemos?”*.
Usa un lenguaje simple y directo, adaptado a su edad. Evita eufemismos como *“se fue”* o *“se durmió”*, porque pueden confundir o generar miedos innecesarios. Mejor: *“Ha muerto”* o *“Ha ocurrido un accidente”*, con palabras suaves pero reales.
Pueden sentir tristeza, miedo, enfado… o incluso parecer “como si nada”. Todo puede ser normal. Ayúdales a poner nombre a lo que sienten: *“Es lógico que estés asustado”* o *“Entiendo que estés enfadada”*.
Su gran preocupación suele ser: *“¿me puede pasar a mí?, ¿te puede pasar a ti?”*. Ofrece calma y protección: *“Estoy aquí contigo”*, *“Ahora estás a salvo”* y, si es posible, explica qué hacen los adultos para cuidarlos.
Ver imágenes repetidas o escuchar detalles una y otra vez puede aumentar la ansiedad, incluso aunque el niño no parezca afectado. Es preferible informarse con ellos lo justo y acompañados.
Comer, dormir, ir al colegio, jugar… La normalidad y la previsibilidad sostienen. En momentos difíciles, las rutinas son una forma de “seguridad emocional”.
Estas conversaciones no ocurren una sola vez. Pueden volver días después con nuevas preguntas. Recuérdales: “Podemos hablar cuando lo necesites”.
Los niños miran a los adultos para entender si el mundo es seguro. Tu manera de gestionar el estrés y la tristeza influye directamente en cómo lo viven ellos. No significa “no llorar”, sino mostrar que las emociones se pueden sentir y sostener: “Estoy triste, pero estoy contigo”.
Si el malestar es muy intenso o se mantiene en el tiempo (pesadillas frecuentes, miedo constante, irritabilidad extrema, retrocesos marcados, aislamiento, cambios importantes en el sueño o la alimentación), consultar con un profesional es un paso importante y valiente. Acompañar a tiempo puede marcar una gran diferencia.
La información ofrecida en En Familia no debe usarse como sustituta de la relación con su pediatra, quien, en función de las circunstancias individuales de cada niño o adolescente, puede indicar recomendaciones diferentes a las generales aquí señaladas.
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