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6.
Enfermedades
atribuibles a las vacunas
GENERALIDADES
A pesar del éxito
incuestionable de las inmunizaciones para el control y la eliminación
de muchas enfermedades infecciosas, las vacunas han sido objeto de controversia
reciente en estos últimos años. Los temores, reales o percibidos,
sobre el riesgo de efectos adversos han generado en ocasiones una importante
alarma social, lo que ha comportado una disminución de las coberturas
vacunales, con el riesgo consiguiente de reaparición de la infección.
Todas las vacunas aprobadas
en España son eficaces y seguras, pero ninguna es completamente eficaz
y absolutamente segura. Algunos niños que reciben vacunas presentan una
reacción indeseable, y otros no siempre quedan completamente protegidos.
El objetivo del desarrollo de la vacuna es lograr el grado más elevado
de protección con la menor tasa de efectos indeseables.
Los efectos frecuentes
de la vacuna, generalmente, son de leves a moderados y sin secuelas permanentes.
Debido a que estas reacciones son intrínsecas al antígeno inmunizante
o a algún otro componente de la vacuna, se producen con frecuencia y
son inevitables. Los ejemplos incluyen la inflamación local después
de la administración de la vacuna DtaP y fiebre y erupción cutánea
de una a dos semanas después de la administración de la vacuna
del sarampión. Se han producido abscesos estériles en el lugar
de la inyección de varias vacunas inactivadas. Los abscesos probablemente
resultan de la naturaleza irritante de la vacuna o su adyuvante; en algunos
casos, pueden ser causados por la inyección subcutánea inadvertida
de una vacuna de uso intramuscular.
Raras veces se producen
efectos adversos graves por la inmunización que puedan causar secuelas
permanentes o constituyan un peligro para la vida. Estos efectos individuales
no son predecibles.
La presentación
de un cuadro clínico después de la inmunización no prueba
que la vacuna fue la causa de los síntomas o signos. Las vacunas se administran
a lactantes y niños durante un período de su vida en el que ciertos
trastornos se manifiestan con mayor frecuencia (p. ej., trastornos convulsivos).
La asociación de un efecto clínico adverso con una vacuna específica
es sugerida si el efecto se produce con una tasa significativamente mayor en
los que reciben la vacuna que en los grupos no inmunizados de edad similar,
o si el mismo efecto tiene lugar después de dosis secuenciales de la
misma vacuna. Con la mayoría de vacunas de virus vivos, la asociación
causal definitiva entre éstas y una enfermedad subsiguiente requiere
aislar la cepa de la vacuna del paciente.
Aunque un trastorno específico
que se produce en una sola persona después de la inmunización
no proporciona evidencia suficiente para establecer que el trastorno fue causado
por la vacuna, es importante informar de los efectos adversos después
de la inmunización porque, en conjunto con otros casos, puede proporcionar
pistas para una reacción adversa no prevista.
No todas las reacciones
que se observan después de la vacunación tienen una relación
causal con la vacuna. Se debe distinguir entre los efectos adversos que ocurren
por azar después de la vacunación y aquellos para los cuales existe
una relación causal. La mayoría de las dosis de vacunas en niños
se aplican durante los primeros dos años de vida, período en que,
por otra parte, se identifican la mayoría de los trastornos del desarrollo
y problemas neurológicos infantiles. El Instituto de Medicina de la Academia
Nacional de Ciencia de EE.UU. (IOM) ha desarrollado criterios estrictos para
definir la causalidad entre una reacción adversa y una vacuna.
ENFERMEDADES
ATRIBUIBLES A LAS VACUNAS
Aparición
brusca de parálisis fláccida
asimétrica desde el 4-30 días tras recibir la primera dosis de
polio oral (VPO) o entre el 4º y 75º días de haber tenido un
contacto con un receptor de la vacuna VPO. El riesgo es mayor en niños
que han recibido un preparado no vacunal intramuscular un mes antes de la vacunación
(tabla 1).
Una de las reacciones adversas
más relevantes actualmente, cuando la poliomielitis ha sido eliminada
del continente americano y cuando la mayoría de los países de
Europa (incluida España) están libres del virus salvaje de la
polio, es la poliomielitis asociada a la vacuna antipoliomielítica oral
(VPO). Los adultos que no se han expuesto al virus salvaje de la polio en su
infancia también presentan este riesgo. El riesgo total es de un caso
por cada 2,4 millones de dosis administradas de VPO. Para la primera dosis vacunal,
el riesgo se estima en un caso por cada 750.000 dosis administradas. Este riesgo
disminuye en la segunda dosis. La vacuna antipoliomielítica inactivada
(VPI) no se asocia a esta reacción adversa. El Comité Asesor de
Vacunas (CAV) de la Asociación Española de Pediatría (AEP)
ha recomendado como calendario preferencial el uso de VPI a los 2, 4 y 6 meses
seguidas de una dosis de VPI a los 18 meses.
Síndrome
Guillain-Barré
(SGB). Parálisis fláccida simétrica, ascendente y progresiva.
La relación entre este síndrome y la vacuna antigripal llevó
a detener la campaña de vacunación masiva en EE.UU. En un estudio
realizado en 1992-1994 en EE.UU. se mostró un pequeño aumento
en casos de adultos inmunizados; esto representó un caso por millón
de personas inmunizadas. No se observaron casos en menores de 45 años.
El SGB no se ha asociado a inmunización para la gripe en niños.
La incidencia del SGB en la población general es muy baja; las personas
con antecedentes de este síndrome presentan una probabilidad más
elevada para su posterior desarrollo. Por consiguiente, es de esperar que sea
elevada la probabilidad del SGB después de la vacunación entre
estas personas. Parece prudente evitar la vacunación antigripal en las
personas que se sabe han presentado el SGB. La evidencia científica favorece
la aceptación de causalidad pero no es suficiente para confirmar la asociación
entre los toxoides diftérico y tetánico en su forma monovalente
o combinada y la neuritis braquial o el SGB. De la misma forma, la evidencia
favorece la ausencia de existencia de una relación causal entre el SGB
y la vacuna antipoliomielítica oral, y tampoco es aceptable la presencia
de una asociación de vacunas de sarampión, rubéola y parotiditis,
tanto solas como combinadas, así como la vacuna de la hepatitis B, con
el SGB.
Encefalopatía
crónica.
Entre 15-30 días postvacunación de sarampión+rubéola+parotiditis
(SRP) y difteria-tétanos-tos ferina (DTP).
En 1994, el IOM concluyó
que existían evidencias de una relación causal entre DTP y la
disfunción única del sistema nervioso en niños cuya enfermedad
neurológica aguda ocurriera dentro de los siete días siguientes
al de la vacunación. Sin embargo, no pudo determinarse si su responsabilidad
es mínima o simplemente desencadenante de una manifestación que
se hubiere producido igualmente, como consecuencia de procesos neurológicos
o metabólicos preexistentes no diagnosticados; de este modo, sólo
cabría aceptar una posible correlación entre la vacuna DTPw y
ciertas formas de encefalopatía crónica, para los casos en que
el trastorno neurológico se hubiera iniciado en el transcurso de la semana
siguiente a la de la inmunización. El empleo de la DTPa probablemente
reducirá aún más el posible riesgo.
Encefalitis.
No está demostrado que la vacuna del sarampión compuesta por virus
vivos atenuados pueda desencadenar una panencefalitis esclerosante subaguda,
como el sarampión natural; su hipotética incidencia sería
más de diez veces inferior tras la vacunación. Lo mismo sucede
con la encefalitis atribuible a la vacuna de la parotiditis. La vacuna de la
fiebre amarilla puede desencadenar una encefalitis exclusivamente en menores
de nueve meses, edad en la que está contraindicada.
Polineuropatía.
La vacuna antirrubéola ha sido relacionada con casos de síndrome
de Honer y del túnel carpiano. El toxoide tetánico puede provocar
una neuritis branquial (0,5-1 caso por 100.000 vacunados) al mes siguiente de
la vacunación.
Síndrome
del llanto incoercible. Episodio
de más de tres horas de llanto, que puede durar 24 horas. Se manifiesta
por llanto y gritos estridentes. Afecta a lactantes tras la vacunación
de tos ferina a células completas (Pw) durante las primeras cuatro horas
tras la infección. A veces se asocia también a otras vacunas (DT,
Hib, SRP).
Meningitis
aséptica. Tras
vacunación contra la parotiditis con la cepa URAbe Am-9 (no autorizada
en España).
Hipertensión
intracraneal. De
carácter benigno, se relacionó con la administración de
vacuna antineumocócica A+C.
Trismus.
Tras la vacunación antitetánica.
Orquitis.
Se ha relacionado con la vacuna antirrubeólica.
Nefritis
aguda reumática.
Se ha relacionado con la DT.
Síndrome
nefrótico.
Se ha relacionado con la DT.
Osteomielitis.
En recién
nacidos, lactantes y niños pequeños vacunados de BCG, que suele
aparecer de ocho a dieciséis meses posteriores a la inmunización.
Miofascitis
macrofágica. Se
ha asociado a la vacunación por hepatitis B. Ha sido descubierta recientemente
en Francia. Se atribuyó al adyuvante aluminio que procede de los preparados
vacunales, y que se encontró en forma de cristales de aluminio alrededor
de las fibras musculares.
Retinopatía
y neuritis óptica. Se
atribuyen a la vacuna del sarampión y rubéola.
Hipoacusia.
Tras la administración de vacuna antiparotiditis y sarampión.
Púrpura
trombocitopénica. Tras
vacunación DTp y SRP. Estas vacunas favorecen las recurrencias y exacerbaciones
de trombopenias crónicas.
Fracaso
multiorgánico. Tras
la vacunación de fiebre amarilla (1/400.000 dosis) de l cepa D-17.
Muerte
súbita. La
muerte ocurre casi exclusivamente entre niños de edades comprendidas
entre dos semanas y un año, y es una de las causas más frecuentes
de muerte en niños sanos. Dado que durante el primer año de vida
reciben un gran número de inmunizaciones, diversas investigaciones han
revelado incluso que los niños afectados por el síndrome de muerte
súbita raras veces habían sido vacunados. Existen varios factores,
personales, psicosociales, no siempre conocidos que junto con la edad dado
que en el primer año de vida reciben gran número de inmunizaciones
y su coexistencia explicaría la posible coincidencia de ambas circunstancias.
Tales comprobaciones dieron lugar a un informe del IOM de EE.UU. sobre los efectos
de DTPw en respuesta a una consulta gubernamental realizada en 1991 sobre una
serie de casos graves supuestamente relacionados con la inmunización
antipertusis, entre otros. El informe llegó a la conclusión de
que no existía relación causal entre el síndrome de la
muerte súbita del lactante y la vacunación DTP.
Diabetes.
Las infecciones
podrían desempeñar un papel en el desencadenamiento de la diabetes
de tipo I. La constatación de que un porcentaje elevado de niños
con embriopatía rubeólica fetal desarrolla diabetes indica que
las infecciones precoces en el curso de la vida también favorecen la
autoinmunidad. Observaciones recientes indican igualmente que la infección
por el virus Coxsackie B durante el embarazo se asocia a un riesgo aumentado
de diabetes. Siete centros europeos disponen de registros sobre la incidencia
de la diabetes de tipo I diagnosticada antes de los quince años de edad
y han participado en el estudio de casos y controles EURODIAB sobre los factores
de riesgo ambientales de la enfermedad diabética. En este estudio se
compararon los datos de observaciones clínicas y de respuestas de los
padres a un cuestionario o a una entrevista sobre las infecciones maternas y
neonatales, infecciones banales del niño y vacunaciones de 900 casos
con los datos procedentes de 2.302 controles. Este estudio multicéntrico
de casos y controles a gran escala confirma los datos anteriores a favor de
la idea de que las infecciones perinatales son un factor de riesgo de la aparición
en la infancia de una diabetes de tipo I. Por el contrario, una determinación
aproximativa del total de infecciones durante el período preescolar se
muestra a favor de un factor protector debido, tal vez, a un papel específico
sobre el sistema inmunológico en fase de desarrollo. Las vacunaciones
no ejercen ningún efecto modificador sobre el riesgo de diabetes de tipo
I.
Para saber si la administración
precoz de vacunas en la infancia modifica el riesgo de desarrollar las lesiones
autoinmunes de las células que preceden a la diabetes de tipo I, Graves
PM y cols. llevaron a cabo un estudio de casos y controles en el que los participantes
fueron 317 niños menores de doce años que tenían un familiar
de primer grado afecto de diabetes tipo I. Estos niños se han incluido
en el estudio prospectivo de Denver (Colorado). El principal criterio de decisión
fue la presencia de autoinmunidad contra las células β, determinada
por la persistencia de anticuerpos antiinsulina o antiislotes. El número
de casos positivos fue de 25 y el número de controles (que era el resto
de la cohorte) fue de 292. No se observó diferencia alguna entre los
casos y los controles en cuanto a la proporción de sujetos vacunados
contra el VHB, H. influenzae de tipo B (HIB), poliomielitis o que habían
recibido la vacuna DTP (difteria, tétanos y tos ferina) antes de los
nueve meses de edad, así como tampoco en el porcentaje de casos que habían
recibido la vacuna con el VHB en el momento de nacer o más tarde, ni
en la edad media a la que se había administrado la primera inyección
de VHB, HIB, polio o DTP. Estos resultados señalan que un calendario
vacunal muy precoz no influye en el riesgo de desarrollar autoinmunidad de las
células β o diabetes de tipo I.
Numerosas investigaciones
han logrado prevenir la diabetes en modelos animales con toda una serie de antígenos
y diversas vías de administración. Según Simone EA y cols.,
actualmente es posible identificar a los sujetos de riesgo incluso antes de
la aparición de los anticuerpos. Estos avances han permitido diseñar
e iniciar ensayos de prevención en el hombre. Este trabajo realiza una
actualización de diversos métodos inmunomoduladores denominados
globalmente "vacunación inmunológica", entre los que se incluyen
la administración de coadyuvantes, autoantígenos, células
T, receptores de células T y de ADN. Se comentan los beneficios y los
eventuales riesgos de estas estrategias así como los problemas asociados
al diseño y realización de ensayos en el hombre.
Leucemias.
Estudios anteriores han señalado que las vacunaciones en el niño
podrían reducir el riesgo posterior de leucemia. Groves FD y cols. compararon
las historias vacunales de 439 niños afectos de leucemia linfoblástica
aguda (LLA) en nueve estados americanos entre enero de 1989 y junio de 1993
con las de 439 controles seleccionados al azar por teléfono, apareados
individualmente en función de la edad, la raza y la central telefónica.
Entre los pares apareados existían proporciones similares de casos y
controles que habían recibido, por lo menos, una dosis de vacuna oral
contra el virus de la polio (98%), DTP (97%) y la triple vírica (90%).
Sólo el 47% de los casos y el 53% de los controles habían recibido
una vacuna anti-HIB; a pesar de que proporciones similares de los casos (12%)
y los controles (11%) habían recibido la vacuna polisacárida,
un mayor número de controles (41%) que de casos (35%) había recibido
la vacuna conjugada anti-HIB. Aunque no se ha observado ninguna relación
entre la mayor parte de las vacunaciones en el niño y el riesgo posterior
de LLA, estos datos indican que los lactantes que han recibido la vacuna conjugada
anti-HIB podrían mostrar un riesgo menor en este aspecto. Son necesarios
otros estudios para confirmar esta asociación y, en caso de que exista,
para procurar aclarar el mecanismo subyacente.
La incidencia de la leucemia
en el niño fue estudiada posteriormente en Finlandia por Groves y cols.
en el transcurso de un ensayo en el que se comparó la administración
precoz, a los tres meses, de varias dosis de una vacuna conjugada anti-HIB con
una sola dosis de la misma vacuna administrada a los dos años. En total
se detectaron 77 casos de leucemia en 114.000 niños que participaron
en el ensayo. Se observó que la incidencia de la leucemia en la infancia
era más baja en la serie que recibió vacunación precoz
(riesgo relativo: 0,72; IC del 95%; 0,46-1,13) que en el grupo con vacunación
tardía, si bien la diferencia no alcanzó significación
estadística. Estos resultados indican que una vacunación precoz
podría reducir la incidencia de leucemias en el niño, si bien
es preciso llevar a cabo otros estudios para confirmarlo.
ALTERACIONES
DEL DESARROLLO NEUROLÓGICO
Se ha planteado un amplio
debate en tratar de relacionar el etilmercurio (tiomersal) componente de muchas
vacunas (tabla 2) como inductor de determinados trastornos neurológicos
cuando se administran a recién nacidos y lactantes pequeños: autismo,
alteraciones del lenguaje, síndrome de hiperactividad.
Según la OMS, las
concentraciones mínimas permitidas son 3,3 µg/kg/semana ó
159 µg en las primeras catorce semanas.
La administración
a los niños menores de seis meses, especialmente a neonatos y prematuros,
de dosis mínimas aunque repetidas de tiomersal como componente de muchas
vacunas (tabla 2), ha causado cierta alarma ante la posibilidad de llegar a
provocar una intoxicación crónica por mercurio y la necesidad
o no de retirar del mercado las vacunas que contuvieran este producto. La dosis
máxima permitida de exposición diaria a mercurio es de 0,1 a 0,4
µg /kg/día, dosis muy superior a la cantidad de mercurio contenido
en las vacunas.
El riesgo teórico
de toxicidad debido al tiomersal es mucho menor que el riesgo real de que los
niños que dejen de vacunarse padezcan enfermedades infecciosas de elevada
morbimortalidad.
El Instituto de Medicina
de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. (IOM) considera que no hay evidencia
científica entre asociación causal entre la vacuna DTP y la encefalopatía,
los espasmos infantiles y la muerte súbita.
La supuesta relación
sobre la posible asociación entre el virus atenuado de la vacuna antisarampionosa
y la enfermedad inflamatoria intestinal crónica, o autismo, carecen del
mínimo fundamento científico.
Se ha publicado una serie
de doce niños con enfermedad gastrointestinal (colitis inespecífica,
hiperplasia linfoide nodular del íleon) con alteraciones regresivas en
el desarrollo, tales como el autismo. Se sugirió que el virus del sarampión
podría persistir en el intestino de algunas personas y desencadenar un
proceso inflamatorio crónico. En ocho casos, los padres refirieron detención
del desarrollo tras la vacuna triple vírica; en las investigaciones posteriores
no se han encontrado partículas virales en el intestino.
En la mayoría de
los casos de autismo se desconocen sus causas. Algunos padres han sospechado
una relación entre SRP y autismo en sus hijos. Puesto que la primera
dosis de SRP se pone entre los 12-15 meses, no es extraño que el autismo
aparezca después de la vacunación. Los primeros síntomas
del autismo se manifiestan a partir del primer año de vida y si, además,
según el estudio reseñado, la vacuna SRP puede originar una inflamación
intestinal, con la consiguiente disminución de nutrientes esenciales,
que provocaría alteraciones de conducta de tipo autismo; de ahí
que muchos autores llaman al proceso "enterocolitis autista". Estudios posteriores
realizados por otros investigadores no encuentran relación entre el autismo,
enfermedad inflamatoria y triple vírica.
La descripción realizada
por Wakefield y cols. en 1998 sobre una posible asociación entre autismo
y vacuna triple vírica acaba de ser rechazada por dos estudios publicados
recientemente. Kaye y cols. han realizado en Inglaterra un análisis de
series temporales entre los años 1988 (introducción de la vacuna
en Inglaterra) y 1999, y han observado un aumento de la incidencia anual de
autismo en niños menores de trece años desde el 0,3/10.000 persona-año
en 1988 hasta 2,1/10.000 en 1999 (incremento de siete veces), con una media
de edad al diagnóstico de 4,6, años que ha permanecido estable
en el tiempo. El 83% de los casos son varones. Al analizar las coberturas vacunales
de triple vírica durante este período se ha observado una gran
estabilidad (alrededor del 95%) para cada cohorte anual de recién nacidos,
y con cifras similares en ambos sexos. Por tanto, si la vacuna triple vírica
estuviese relacionada con el incremento de la incidencia del autismo, el riesgo
de esta enfermedad se hubiese estabilizado a partir del momento en que las coberturas
vacunales hubiesen dejado de aumentar, aspecto que no se corrobora con los datos
anteriores.
En otro estudio similar,
realizado en California por Dales y cols. en niños nacidos entre 1980
y 1994, se detecta también un aumento importante de la incidencia de
autismo: 44 casos por 100.000 nacidos vivos en la cohorte de 1980 y 208 casos
por 100.000 nacidos vivos en la cohorte de 1994 (incremento del 373%). Las coberturas
vacunales en menores de dos años aumentaron en el mismo período
del 72% al 82%, respectivamente (incremento de sólo un 14%). El incremento
más importante en la incidencia de la enfermedad se produjo a partir
de 1985, mucho antes de alcanzarse las máximas coberturas vacunales (año
1988). Los autores concluyen que no existe correlación en la tendencia
secular entre la primera dosis de vacuna triple vírica y el autismo.
La edad de vacuna infantil
se ha relacionado con la aparición de diabetes tipo I. Diversos estudios
relacionan un aumento de riesgo si la vacunación es a partir de los dos
meses de edad. Diferentes trabajos demostraron la ausencia de asociación
de vacunas y diabetes tras la inmunización de BCG, viruela, tétanos,
tos ferina, rubéola, parotiditis y sí parece haber una disminución
de la incidencia en niños inmunizados frente al sarampión o con
otras vacunas de aplicación neonatal. Los estudios epidemiológicos
actuales no apoyan la relación casual de vacunas y diabetes.
En cuanto a la vacunación
antihepatitis B, se ha documentado raras veces algunos hechos; sin embargo,
no se ha encontrado evidencia de relación causal con la inmunización.
Los datos no muestran asociación entre la vacuna para la hepatitis B
y el síndrome de muerte súbita del lactante, enfermedad autoinmune,
síndrome de fatiga crónica y esclerosis múltiple.
La descripción en
Francia entre 1995 y 1997 de varios casos de esclerosis múltiple asociados
temporalmente con la vacunación frente a la hepatitis B hizo que el Ministerio
de Salud interrumpiera cautelarmente el programa de inmunización de hepatitis
B en las escuelas. Recientemente, se han publicado en el New England Journal
of Medicine dos trabajos que rechazan la hipótesis de tal asociación.
Ascheiro y cols. han realizado
en EE.UU. un estudio de casos y controles con el objetivo de determinar si la
vacunación frente a la hepatitis B aumentaba el riesgo de padecer una
esclerosis múltiple. Los sujetos en estudio se han seleccionado a partir
de dos grandes cohortes de enfermeras (n = 121.700 y n = 116.671), colectivo
con elevadas coberturas vacunales frente a esta enfermedad. El riesgo relativo
ajustado de esclerosis múltiple después de la vacunación,
con independencia del tiempo transcurrido desde la misma, es de 0,9 (IC95%:
0,5-1,6) y el del desarrollo de la enfermedad en los dos años siguientes
a la inmunización es de 0,7 (IC 95%: 0,3-1,8). Tampoco se ha encontrado
asociación entre el número de dosis recibidas de vacuna y el riesgo
de esclerosis múltiple. Basándose en los datos obtenidos, los
autores concluyen que no hay evidencia de una relación de causalidad
entre la vacuna de la hepatitis B y la esclerosis múltiple. Además,
estos hallazgos concuerdan con los obtenidos en Canadá en una cohorte
de más de 260.000 adolescentes vacunados entre 1992 y 1998 y los de EE.UU.
procedentes de un estudio de cohorte histórico publicado en 1999.
Por su parte, Confavreux
y cols. han seleccionado pacientes con esclerosis múltiple de la European
Database for Múltiple Sclerosis (EDMUS) que hubieran sufrido alguna
recaída entre 1993 y 1997, y han analizado la probabilidad de exposición
a alguna vacuna en el período inmediatamente anterior a la recaída
(dos meses). De los 643 pacientes con reactivaciones de la enfermedad, el 15%
habían sido vacunados en los previos doce meses, de los cuales un 2,3%
habían recibido alguna vacuna en los dos meses anteriores. El riesgo
relativo de recaída asociado a la vacunación en un período
de dos meses es de 0,71 (IC 95%; 0,40-1,26). No se ha observado un incremento
de riesgo de recaídas asociado a la administración de la vacuna
antitetánica, antihepatitis B o antigripal (RR: 0,75; RR:0,67; RR:1,08,
respectivamente).
Respecto a la vacuna para
prevenir la infección por rotavirus (Rv), fue aprobada una vacuna tetravalente
de rotavirus rhesus (Rotashield®) por la FDA estadounidense en
agosto de 1998 e incorporada al programa de inmunización sistemática
en 1999. Este producto fue retirado voluntariamente del mercado en octubre de
1999 por la asociación de esta vacuna con invaginación intestinal
en lactantes vacunados. Se ha sugerido que el contenido vacunal de cepas víricas
de especies no humanas (mono Rhesus) puedan provocar una hiperplasia de gripe.
En cuanto a la relación
del asma con las vacunaciones, no se evidenció asociación alguna.
Estudios realizados en Suecia y Reino Unido no hallaron relación entre
vacuna antipertusis, antisarampión y aparición diferida de asma.
Un estudio finlandés sugiere que los niños con historial de sarampión
natural tenían una frecuencia mayor de enfermedades atópicas.
Tales hallazgos podrían sugerir que el aumento en muchos países
de enfermedades atópicas podría ser debido a la reducción
del sarampión salvaje por la vacunación.
Otros estudios valoran
la posible exacerbación del asma en niños con asma preexistente
después de la vacunación antigripal, pero parece que las crisis
agudas asmáticas fueron menos frecuentes en niños vacunados que
en los no vacunados y los procesos intercurrentes de tipo asmático disminuyen
en todas las estaciones.
Merece destacar la asociación
temporal entre la vacunación DTPa y episodios de apnea en lactantes de
bajo peso, de carácter transitorio, sobre todo en aquellos que fueron
ventilados mecánicamente. Es menor en vacunados con DTPa y no representa
una contraindicación vacunal a la edad cronológica habitual.
CONCLUSIONES
Las inmunizaciones se encuentran
entre las medidas más importantes de salud pública ya que son
la causa de una disminución espectacular de la incidencia de una determinada
enfermedad e incluso de su desaparición. No parece probable que alguien
ponga en duda la eficacia de las vacunas. Pero la experiencia reciente indica
que existe una gran polémica sobre la seguridad de las mismas, y que
cada vez son más numerosos los grupos contrarios a las inmunizaciones
y los foros en que se discute la eficacia y seguridad de las vacunas.
Es evidente que ninguna
vacuna es absolutamente segura. Sus efectos adversos son bien conocidos, y algunos
de nosotros aún podemos recordar que la vacuna de la viruela causaba
una encefalitis postvacunal cuya incidencia llegaba a un caso por cada 2.900
vacunados entre dos y once años de edad y a un caso por cada 16.000 vacunados
de menos de dos años de edad. Por otra parte, la mortalidad asociada
a esta encefalitis postvacunal se hallaba entre un 37 y un 58%, según
las series. No obstante, esta vacuna hizo posible la erradicación de
la viruela en el mundo.
Uno de los aspectos que
sin lugar a dudas puede haber contribuido a este cambio en la percepción
de la seguridad y eficacia de las vacunas deriva del hecho de que ante la elevada
prevalencia de una enfermedad, como era el caso de la poliomielitis, todo el
mundo estaba dispuesto a aceptar el posible riesgo de la vacunación si
con ello se podía conseguir una importante disminución de los
casos. No obstante, al desaparecer la enfermedad, surge la tendencia a sobrevalorar
los posibles efectos secundarios de la vacuna y, como consecuencia de ello,
a plantearse dudas sobre su necesidad, o a considerarse como inaceptables los
efectos adversos de la misma. Tal como puede comprobarse en la literatura científica,
éste es un tema que tuvo su máxima expresión con la vacuna
frente a la tos ferina.
Un acontecimiento adverso
puede decirse que es causado por una vacuna (es decir, una reacción verdadera)
si se asocia a un hallazgo analítico o a un síndrome clínico
específico, o ambas cosas. De forma alternativa, es necesario un estudio
clínico o epidemiológico para llegar a saber si la tasa de un
determinado síndrome en los individuos vacunados supera a la esperada
entre los controles no vacunados.
BIBLIOGRAFÍA
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