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Pocos aspectos relacionados con la crianza de los
niños tiene tanta importancia para los familiares como
los que conciernen a la alimentación y la nutrición de
sus hijos. Todos los padres se enfrentan a esta
situación con un bagaje de experiencias, correctas o no,
y unas expectativas que pueden o no ser razonables.
Basadas en unas y otras ellos, los padres, deciden acerca
de lo que deben y como deben comer sus
hijos. Por su parte, los niños, reciben con la
alimentación no solo cobertura de sus necesidades
nutricionales y calóricas sino, también, satisfacciones
o insatisfacciones de índole emocional.
Existen factores de diversa índole que influyen en la
alimentación y su práctica durante la infancia:
- Unos se relacionan con el temperamento: no
todos los niños se adaptan igual a las nuevas
situaciones que suponen los cambios alimenticios.
- Otros con la maduración neuromuscular. La
capacidad de autoalimentarse requiere que el niño sea
capaz de una buena coordinación ojo-mano y de hacer una
buena pinza con sus dedos índice y pulgar. Estas
capacidades no las desarrolla el niño hasta que cumple
los 9-12 meses aproximadamente y por tanto no puede
alimentarse por sí mismo.
El reflejo de extrusión que está presente desde el
nacimiento hasta los 4 meses, provoca la expulsión de la
boca de los sólidos. Esto puede ser malinterpretado por
los padres como rechazo de la alimentación cuando se
introducen sólidos o se emplea la cuchara antes de que
este reflejo primitivo desaparezca.
- Los factores psicológicos también juegan un
importante papel. Cuando el niño llega al año de edad
experimenta la necesidad de una mayor autonomía y puede
pretender comer solo y con las manos. Lo habitual es que
la madre se encuentre junto a él, quizá atosigándole,
intentando darle la comida con una cuchara y tenedor.
Cuando se acerca a los 2 años, los deseos de autonomía
se incrementan y empieza a seleccionar lo que desea
comer. Esto puede no coincidir con lo el tipo de alimento
que los padres deseen que tome.
Cuando a un niño se le permite escoger los alimentos,
tiende a seleccionar una dieta bien balanceda calórica y
nutricionalmente.
Sorprende que la mayoría de los niños considerados
por sus familiares como inapetentes se encuentren bien
nutridos y con una talla adecuada. En las familias de
estos niños es frecuente advertir errores de concepto
respecto a la nutrición infantil y no es raro que se
guíen por inadecuados hábitos y tradiciones familiares
que entran en conflicto con las verdaderas necesidades de
desarrollo del niño.
Desde luego no es fácil abordar el problema. Un paso
esencial y previo a cualquier otra actuación que busque
solucionarlo, es ganarse la confianza de los padres y el
niño.
La confianza de los padres se consigue cuando en un
dialogo distendido se les aporta información nutricional
adaptada a su capacidad de comprensión. Es muy útil
que, a continuación, se les haga ver que el niño se
encuentra sano y con un peso y una talla adecuadas para
su sexo. Para ello se recurrirá a las tablas que valoran
estos parámetros (percentiles) y que suelen incluirse en
las cartillas infantiles que se proporcionan en la
mayoría de las maternidades. Debe enseñárseles lo
fácil de su manejo e interpretación para que, por sí
mismos, puedan valorar la evolución en el tiempo del
desarrollo del niño.
Un factor que frecuentemente observamos en el entorno
familiar de los niños supuestamente inapetentes es que
los padres tienen unas expectativas excesivas respecto al
comportamiento de sus hijos y esperan del ellos más de
lo que por su edad pueden ofrecer: un niño de un año es
imposible que no lo manche todo si se le permite manejar
los alimentos, de la misma forma que uno de 4 años es
muy probable que no sea capaz de permanecer quieto y
sentado a la mesa durante toda la comida . Reconocido lo
excesivo de estas expectativas, los padres y el pediatra
pueden organizar estrategias alternativas.
De común acuerdo deben establecerse pautas de
comportamiento en relación con la duración máxima de
las comidas, el volumen de las porciones de alimento, la
creación de una atmósfera relajada en torno a la
comida, la inclusión del niño en las conversaciones
durante la comida (si tiene edad para ello), evitar los
castigos y premiar las conductas satisfactorias.
Además, algunas prácticas nutricionales son útiles
para aliviar conflictos: pueden buscarse
"equivalentes" que sustituyan a los alimentos
rechazados y si los alimentos preferidos son
hipocalóricos (es decir, aportan insuficientes
calorías), pueden "enriquecerse" añadiendo
pequeñas cantidades de otros mejor aceptados.
El suplemento de vitaminas solo está indicado cuando
se sabe o se sospecha que la dieta seguida o propuesta no
las aporta en cantidades adecuadas. Aunque frecuentemente
solicitado por los padres, no deben utilizarse
antianoréxicos ("tónicos para las ganas de
comer"); de hecho, algunos, pueden interferir con el
crecimiento y limitar la talla final si se utilizan
prolongadamente.
De distinta forma debe enfocarse al niño inapetente
que muestra retraso del crecimiento o inadecuada
nutrición. En tales casos la investigación de una
posible patología es imprescindible.
Las actitudes familiares acerca de "la
comida" de los niños se encuentran con frecuencia
muy profundamente enraizadas de modo que ni siquiera un
excelente nivel cultural y de inteligencia de los padres
apoyado por una inmejorable información por parte del
pediatra es suficiente para hacerles aceptar cualquier
cambio de criterio personal respecto a la alimentación.
Cuando el pediatra confirma una inadecuada evolución
del problema nutricional o los padres se muestran
insatisfechos con los resultados del tratamiento, es
conveniente la intervención de un psicólogo, un
psiquiatra o un especialista en gastroenterología
pediátrica.
Los temores más frecuentemente expresados por los
padres respecto a la alimentación de sus hijos es que no
comen lo suficiente o que el régimen que aceptan es muy
selectivo (es decir que comen solo algunos pocos
alimentos).
En las primeras semanas de vida las madres pueden
temer no tener suficiente cantidad de leche o que ésta
sea de mala calidad y no alimente debidamente al
lactante. Esto puede confundir y dar lugar a que se
malinterprete en llanto del niño después de las tetadas
como insatisfacción o hambre. En los preescolares con
edades entre los 3 y 5 años, cuya velocidad de
crecimiento se reduce sustancialmente con la consiguiente
reducción de las necesidades calóricas y el apetito.
Los padres pueden considerar entonces que el niño no
come lo suficiente para mantener su nivel de actividad y
recurrir a amenazas o, por el contrario, a adulaciones
ineficaces en un intento de incrementar el volumen de las
comidas.
Otras veces los padres expresan temor no tanto del
volumen que ingieren sus hijos como del balance
nutricional es decir, de lo que comen. Lo más habitual
es que se quejen de que rechazan los vegetales o de que
el consumo de leche es insuficiente. Muchos de estos
temores son el resultado de desinformación y de mitos
respecto a la alimentación que el pediatra debe aclarar
comprobando si alimentos equivalentes desde el punto de
vista nutricional, en definitiva haciendo un balance del
verdadero consumo de los diferentes nutrientes.
El comportamiento de los niños durante las comidas es
otra causa de frecuentes conflictos. Las quejas
habituales de los padres se refieren a actitudes de
pereza o desinterés que las prolongan excesivamente,
rechazo del alimento o vómitos provocados, sentarse con
malas posturas, jugar con el alimento o mostrarse
caprichoso. Las expectativas de los padres y los hábitos
familiares a la mesa pueden ser las causas, en buena
parte, de la aparición de estos problemas. Por ejemplo,
porciones excesivas (platos muy llenos) y la obligación
de consumirlas en su totalidad pueden inducir en el niño
actitudes de juego con los alimentos y entretenimiento
que prolongan insufriblemente las comidas.
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