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La
Diabetes Mellitus
tipo 1, o infanto-juvenil, supone un fallo rápido e irreversible en la
secreción de insulina, una hormona esencial para mantener un
correcto nivel de “azúcar” en sangre. La administración exógena
de la misma, un adecuado manejo de la alimentación y la realización
de ejercicio físico constituyen los pilares de un adecuado
tratamiento y la única forma de evitar complicaciones a corto y
largo plazo.
Había hecho mucho calor, decía la madre de Guillermo, de modo que
parecía haber una justificación para sus síntomas: “bebía
demasiado y se levantaba por las noches”. En realidad, las últimas
semanas empezó a orinar en exceso, tanto de día como de noche, y
compensaba esta situación bebiendo de manera compulsiva; también
le había cambiado el carácter y parecía comer más de lo habitual
pese a constatarse cierta pérdida de peso. Con tales síntomas recién
instaurados el Pediatra de Guillermo solicitó una prueba muy
simple: la glucemia capilar, esto es, la medición de azúcar en
sangre mediante un pinchazo en el dedo. La sospecha de lo que podía
pasarle al pequeño de 3 años se confirmó rápidamente. El diagnóstico
casi certero de Diabetes Mellitus tipo 1 obligó a su ingreso en el
Hospital para lograr normalizar con insulina los niveles elevados de
glucosa en sangre (hiperglucemia) y enseñar a los papás el manejo
de esta enfermedad.
Las primeras
preguntas que suelen surgir ante este diagnóstico son el
significado exacto de “diabetes” en un niño, a qué se debe y
si tiene curación. El término de diabetes
significa “orinar mucho” y mellitus
responde al sabor “dulce” de la orina, ya que saborearla
constituía el único método del que disponían los Médicos de épocas
pasadas para poder diagnosticarla. Más concretamente, la diabetes
del niño y del adolescente, denominada Diabetes Mellitus tipo 1 y
que debe diferenciarse de la del adulto (Diabetes Mellitus tipo 2),
se debe al daño irreversible (incurable) producido sobre un tipo de
células pancreáticas que producen insulina, las células beta.
Este daño se dice que es de tipo “autoinmune” porque en un
momento determinado de la vida de una persona, y sin saberse por qué,
su sistema defensivo (sistema inmune) ataca erróneamente a estas células.
Consecuentemente, es la falta de insulina la que determina que suba
el “azúcar” (hiperglucemia) y vayan apareciendo los síntomas típicos
de la enfermedad así como el riesgo, si no se trata adecuadamente,
de complicaciones a corto y largo plazo.
¿Cuáles
son los síntomas?
El exceso de azúcar o glucosa en sangre obliga a que parte
sea liberado por la orina y arrastre agua, fenómeno que explica los
síntomas típicos de la diabetes: poliuria
(orinar en exceso) y polidipsia
(a modo de compensación aparece sed y se bebe mucho agua). También
se altera el apetito (aumentado o, más frecuentemente, disminuido),
se pierde peso y cambia el carácter del niño. El inicio de la
enfermedad puede suceder casi en cualquier momento de la vida y de
una forma rápida, de modo que los síntomas suelen referirse haber
comenzado
2 a
6 semanas antes del diagnóstico.
¿Cómo
se trata?
La carencia de insulina obliga tener que administrarla de
forma exógena, esto es, mediante inyecciones bajo la piel (subcutánea),
dos, tres o más veces al día durante toda la vida. Dado que los
efectos de esta hormona no son del todo predecibles, se exige un
control estricto de los niveles de glucosa en sangre mediante
pinchazos en los dedos y racionar los alimentos que la contienen:
los hidratos de carbono. También el ejercicio físico constituye,
junto con la alimentación y la insulina, una tarea ineludible para
estos niños. ¿Esto significa que el niño diabético debe seguir
un régimen de vida totalmente distinto? En absoluto. Su estilo de
vida debe ser idéntico al que llevaba anteriormente, con la
salvedad de los requerimientos anteriormente descritos y siempre en
pro de un estilo de vida sano.
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Tabla
1. La alimentación del diabético: una alimentación
sana.
Los alimentos pueden contener hasta tres tipos de
sustancias nutritivas esenciales: las grasas (o lípidos), las
proteínas y los hidratos de carbono (glúcidos o azúcares).
La llamada pirámide de alimentación se encuentra fundamentada en estos
principios inmediatos. Según ella, nuestra dieta diaria debe
estar constituida, aproximadamente, por un 55% de hidratos de
carbono, un 30% de lípidos y un 15% de proteínas; si nuestra
alimentación cumple estos porcentajes decimos que es
EQUILIBRADA.
En el paciente diabético debe cumplirse esta premisa pero
los alimentos que contienen hidratos
de carbono (los cereales, las legumbres, las patatas, el
arroz, las frutas, las verduras, la pasta, el azúcar común,
los pasteles, etc.) exigen ser cuantificados para un control
de azúcar adecuado; el método más utilizado para
cuantificarlos es el de las “raciones”. También debe
conocerse que existen básicamente dos tipos hidratos según
la rapidez con que sean absorbidos del sistema digestivo a la
sangre: los de absorción rápida (azúcares refinados como
sacarosa, fructosa o glucosa, contenidos en los pasteles,
zumos, chucherías, etc.), y los de absorción lenta (el
resto). El diabético debe limitar, salvo ciertas situaciones,
el consumo de los segundos para evitar ascensos rápidos del
azúcar en sangre.
¿Qué
hay de los productos
para diabéticos?
Son alimentos que contienen hidratos de carbono de
absorción lenta pero muy poco o nada de absorción rápida de
modo que, en teoría, podrían consumirse. Este término
resulta, sin embargo, equívoco ya que induce a la creencia
errónea de que pueden ser consumidos libremente, y es que, al
igual que otros alimentos con hidratos, requieren racionarse.
No obstante, es importante ser cautos con tales productos ya
que algunos incumplen las exigencias necesarias para ser
consumidos por diabéticos.
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Tabla 2. Tipos de
insulinas.
En condiciones normales la insulina liberada por el páncreas
es de un solo tipo aunque lo hace de dos formas: la primera de
ellas obedece a una secreción continua de insulina a muy
pequeñas dosis (secreción basal) y la segunda es la que se
libera en poco tiempo pero en gran cantidad cuando se come
(“bolo”). Este patrón es el que se intenta imitar en el
diabético con distintos tipos de terapias:
1.
El método más habitual y extendido es el de la insulina subcutánea
con jeringuilla o bolígrafo. Se emplean a la vez, grosso
modo, dos tipos de insulinas: las de acción rápida para las
comidas y las de acción lenta.
2.
Insulina inhalada (a través de la nariz): sustituye a la insulina
subcutánea rápida aunque no está aprobada en niños. Si
bien se evitan algunos pinchazos, tiene ciertos
inconvenientes.
3.
Bomba de infusión continua de insulina: Aunque aparentemente novedosa,
lleva empleándose varios años. Consta de un aparato de tamaño
similar al de un móvil que infunde insulina a través de una
sonda o catéter que se inserta bajo la piel del abdomen o el
glúteo y hay que cambiar cada 2-3 días. En su funcionamiento
remeda a un páncreas normal aunque el aparato “no
piensa”, no mide la glucemia (salvo algunos modelos
recientes) y conlleva ciertos riesgos añadidos que exigen un
importante grado de conocimiento de Diabetes por parte del
paciente o sus padres.
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¿Cuáles son sus complicaciones
(véase glosario terminológico)?
Los riesgos inmediatos de la diabetes son las
hipoglucemias (bajada de azúcar en sangre) y las hiperglucemias
(exceso de azúcar). Las complicaciones a largo plazo son
consecuencia de un mal control de la glucemia durante años o décadas.
Estas complicaciones se deben a la toxicidad del azúcar sobre
determinados órganos: el riñón (en fases muy avanzadas su función disminuye hasta el punto
de precisar tratamientos que la suplan: hemodiálisis, trasplante
renal), la retina
(disminuye la agudeza visual y, en fases avanzadas, puede haber
ceguera), los vasos sanguíneos (el daño a este nivel predispone a infartos
cardiacos, cerebrales, etc) y el sistema
nervioso periférico (la afectación de los nervios conduce,
entre otros, a la falta
de sensibilidad en la piel; es responsable del denominado “pie
diabético”).
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GLOSARIO TERMINOLÓGICO:
Alimentos libres:
En el diabético este tipo de alimentos (proteínas y grasas)
pueden ser consumidos sin riesgos de que la glucemia se
altere. No obstante, el objetivo de cumplir con una dieta
equilibrada relativiza esta libertad en su consumo.
Cetoacidosis dibética:
Complicación diabética que aparece cuando el azúcar en
sangre sube en exceso y se mantiene así durante horas o días.
Surge como consecuencia de la producción de sustancias
nocivas derivadas de proteínas y grasas llamadas cuerpos cetónicos.
El individuo diabético vuelve a tener los síntomas típicos
(poliuria y polidipsia), se deshidrata y su sangre se
acidifica; finalmente entra en coma si no es tratado a
tiempo.
Glucagón:
sustancia que funciona al contrario que la insulina, es decir,
incrementa rápidamente la glucemia. Se utiliza en caso de
hipoglucemia grave (convulsión o pérdida de conciencia) por
vía intramuscular, subcutánea o intravenosa; todo diabético
debería disponer de él.
Glucemia:
niveles de azúcar (glucosa) en sangre.
Hiperglucemia:
niveles elevados de glucosa en sangre (mayor de 200 mg/dL). No
da síntomas salvo que sea franca y mantenida.
Hipoglucemia:
niveles bajos de glucosa en sangre (menor de 60 mg/dL). Los síntomas
son variados: sensación de hambre, palidez, sudoración,
temblor, sueño y, en casos muy graves, convulsión o coma.
Hemoglobina
glicosilada (HbA1C):
La hemoglobina es una molécula proteica contenida en los glóbulos
rojos de la sangre cuya función es trasportar el oxígeno de
la sangre a todo el organismo. En personas no diabéticas una
pequeña fracción de esta proteína,
entre el 5 y el 6%, está unida a glucosa; en los diabéticos
un buen control exige estar por debajo del 8%.
Lipodistrofia:
Acúmulo (o, rara vez, pérdida) de la grasa que hay bajo la
piel donde habitualmente se pincha la insulina. Se trata de
una complicación habitual y reversible que puede evitarse
cuidando de no pinchar siempre en el mismo lugar.
Pie diabético:
complicación tardía debida a un mal control de la diabetes
durante años. Implica falta de sensibilidad y mala
vascularización (llega menos sangre) lo que predispone a la
aparición de úlceras e infecciones.
Ración de hidratos
de carbono:
medida artificial que permite cuantificar la cantidad de
hidratos de carbono que contiene un alimento. Se dice que una
ración equivale a
10 gramos
de hidratos de carbono; de este modo, si decimos que
20 gramos
de pan contiene
10 gramos
de hidratos de carbono, sería
decir lo mismo que
20 gramos
de pan equivale a una ración.
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